Skip to content

La Curvatura de la Luz 2/3

Vi a otros muchachos como yo caminando hacia el regimiento. Todos llevaban el terror escrito en el rostro. Todos exploraban las caras ajenas, como oliendo el miedo del otro, buscando la confirmación de que uno no estaba solo.

Me encontré con el pelao Soza en la entrada. Nos saludamos como si hubiéramos sido amigos de toda la vida, aunque en el colegio apenas nos hablábamos. El terror une. Y la presencia de otro da una pequeña cuota de valentía para enfrentarlo.

—Venimos al llamado para el servicio militar —dijo Soza al guardia.

A mí no me salía la voz.

—¿Y por qué vienen sin bolsos? —replicó el guardia—. Aquí se quedan adentro al tiro.

Y se largó a reír.

Pensé en echarme a correr de inmediato. En escapar del país. Perderme en el desierto. Llorar. Suplicarle a mi padre que me sacara de ahí.

—Ya, pásenme sus carnets de identidad —añadió— y vayan a formarse al fondo del patio, donde está el resto de los chascones… aunque poco les queda de chascones —agregó el guardia.

Bajamos la cabeza, entregamos los carnets y caminamos con la resignación del futbolista expulsado por cometer un penal en el último minuto.

A las 7:30 en punto, de una barraca salieron seis soldados comandados por un tipo alto, de bigotes, que se aproximó con una sonrisa socarrona. Éramos doscientas almas perdidas.

—Voy a gritar “¡Buenos días, tropa!” y ustedes responderán con fuerza: “¡Buenos días, mi comandante!”. Quien no lo haga, se queda adentro. ¿Entendido?

—¡Entendido, mi comandante! —grité a todo pulmón… solo.

—Bien, gordito. Aprendes rápido. Tienes pasta de conscripto. Creo que te voy a dejar adentro —dijo, y el resto de los soldados se largó a reír.

—¡Buenos días, tropa!

—¡Buenos días, mi comandante! —esta vez gritamos todos al unísono.

—Tienen un minuto para hacer una sola fila, del más bajo al más alto. El que se equivoca y se pone mal a la fila paga con 50 lagartijas delante de todos. ¿Entendido?

—¡Sí, mi comandante! —gritamos a coro.

El patio vibró con el golpe de nuestros pasos presurosos. En ese enjambre de respiraciones cortas y miradas perdidas, sentí el mismo zumbido eléctrico de la esperanza que había sentido en Príncipe Eddington cuando las nubes amenazaban su experimento.

Una vez formados, nos dividieron en tres compañías de cuarenta y ocho personas, ordenadas de menor a mayor estatura, formando un rectángulo perfecto de doce por cuatro. Una última compañía, de treinta y cuatro, reunió a los más altos.

Había cuatro etapas que debíamos superar: el test físico, el psicológico, el médico y, finalmente, un video explicativo sobre las bondades del servicio militar.

Después de pasar esas cuatro pruebas, nos dirían quiénes se quedaban y quiénes se iban.

Mi compañía —la número uno, la de los más bajos— fue asignada primero al examen físico.

Nos hicieron pasar a una sala pequeña y ordenaron que nos desnudáramos hasta quedar en calzoncillos. Mis kilos de más se escapaban por los bordes de unos calzoncillos viejos, vencidos por el tiempo y la vergüenza. Uno de los soldados me apretó un rollo de la cintura y dijo:

—No te preocupís, gordito. Aquí se te van a ir todos esos kilos de más. Te vamos a dejar listo para que seas el sueño de las minitas de afuera. A ver si perdís la virginidad, porque tenís cara de puro cómic y manfinfla.

Las risas fueron inmediatas.

Nos hicieron juntarnos en parejas. Busqué al pelao Soza, pero como era mucho más alto, evidentemente no estaba ahí. Vi a un chico algo apartado, con una leve joroba. Pensé que sería una buena opción.

Había leído alguna vez que siempre conviene buscarse un compañero un poco más feo que uno. Solo un poco. Así uno conserva cierta ventaja sin que el otro espante a nadie. Apliqué el mismo principio al deporte y me dije: este debe ser peor que yo… pero apenas.

Le ofrecí hacer pareja. Aceptó.

Le pregunté si nos convenía dar lo mejor de nosotros o hacernos los que no podíamos hacer nada. Me respondió que no sabía, que todo podía ser perjudicial para nuestras opciones.

Uno a uno fuimos sorteando los ejercicios. Uno contaba la ejecución del otro y llenaba una tabla con resultados; luego se invertían los roles.

Un minuto para hacer abdominales: hice once.
Treinta segundos para hacer barras: no hice ninguna.
Piques cortos de cincuenta metros durante un minuto: no logré completar dos.
Arrastrar sacos de arena de cincuenta kilos: no fui capaz de moverlos.

Mientras tanto, los soldados caminaban entre nosotros, controlando que todos siguieran las instrucciones.

Durante el último ejercicio —saltar arriba y abajo de una banca la mayor cantidad de veces— entró el comandante a supervisar el proceso. Se detuvo a mi lado y me miró con atención.

—Gordito… ¿tú eres de la Iglesia evangélica de la Avenida Salvador?

—Sí, mi comandante —respondí—. ¿Cómo lo supo?

Por un segundo pensé algo absurdo: tal vez este era mi Frank Dyson. Tal vez venía a rescatarme.

—Por la pichula chica —dijo.

Hubo una pausa. La imagen se congeló. Todos miraron hacia nosotros. No supe qué decir.

Entonces se largó a reír.

—¡Por la medallita que te cuelga, tonto huevón! —dijo, señalando mi cuello—. Este tiene todo lo que necesitamos aquí: es obediente y es tonto.

Las risas volvieron a estallar. Yo me seguía hundiendo en el foso de la desesperanza.

Tras unos cuarenta minutos, nos pasaron unos vasos plásticos y nos señalaron una esquina con bidones de agua. Teníamos diez minutos de descanso y luego debíamos marchar hacia una barraca donde nos esperaba la segunda parte: el test psicológico.

Nos dejaron parados a todos en un lado de la sala, y en el otro había unos biombos detrás de los cuales se veían cuatro boxes. Nos hicieron rellenar un cuestionario rápido de unas diez preguntas y esperar a ser llamados. Las preguntas eran bastante burdas y obvias: ¿Ha sentido ganas de matarse o matar a otros? ¿Tiene alguna adicción? ¿Ha cometido algún crimen?

Pensé que tal vez, si me hacía pasar por un adicto, podría ser rechazado. Pero era un riesgo muy grande. ¿Y si a los adictos los dejaban adentro para rehabilitarlos? Había que ser honesto. Después de todo, la honestidad a veces puede conducir a algo bueno, pero la mentira nunca.

Esperé mi turno. Gritaron mi nombre y me acerqué al box. Adentro había un militar de unos cuarenta años que tomó mi formulario, lo hojeó y me llamó por mi apellido.

—Dígame, usted pone aquí que no quiere ofrecerse de voluntario. ¿Por qué no quiere hacer el servicio militar? —comenzó el soldado.

—Porque no creo que sea un lugar para mí, la verdad —respondí, tímido, murmurando.

—¿Y por qué no lo cree, si no conoce este lugar?

—Porque tengo problemas para seguir órdenes sin reflexionar —fue lo primero que honestamente se me vino a la cabeza, después de vacilar unos segundos.

—A ver… siéntese y conversemos esto —dijo el militar.

Yo me senté, y no había alcanzado a acomodarme cuando, acto seguido, me respondió:

—¿Ve que no tiene problemas para seguir órdenes sin pensar? Yo creo que le haría bien hacer el servicio militar.

Firmó el papel y me dijo:

—Estamos listos. Puede regresar afuera.

Luego gritó el apellido del siguiente. Mis opciones se acababan… No había sido convincente en el examen físico ni en el psicológico. Recordé a Eddington mirando el cielo cerrado, esperando que el universo le diera una rendija. Yo también esperaba una rendija. No en el cielo, sino en ese examen médico que se acercaba como un eclipse propio. Pero antes, nuestra compañía debía mirar un video instructivo de treinta minutos.

Me crucé, mientras avanzábamos a la siguiente barraca, con el pelao Soza. Él agachó la cabeza y la sacudió de lado a lado. Lo sentí como una nueva puñalada. Me vi en él: su rostro desolado era mi propio rostro. Por primera vez entendía, desde la experiencia, lo que es la empatía. Quería ayudarlo, pero yo también estaba demasiado magullado como para levantar una ceja de esperanza. No sé de dónde saqué la energía, pero levanté la cabeza y moví los labios:

—¡Vamos, Soza!

Él asintió.