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La Curvatura de la Luz 1/3

Escrito por Philippe Deregnac | 29 enero 2026
He whistles and he runs, so hold him fast
Breathe the burn, you want to let it last
He might succumb to what you haven't seen
He has a keen eye for what you used to be
When the cadaverous mob saves their doors for the dead men
You cannot leave
(Interpol, A time to be so small)
 
 
«Es mejor estar empapado aquí, en el trópico, rodeado de palmeras,
que haberlo estado en una trinchera, rodeado de cadáveres».
Arthur Eddington se repetía la frase como un mantra, no para convencerse de que su presencia en aquella isla africana fuera una decisión valiente, sino para recordarse que no había sido una elección de juventud ni una aventura tardía, sino la última opción posible.
 
El calor era sofocante. La humedad lo impregnaba todo: la ropa, los instrumentos, incluso los pensamientos. La selva respiraba alrededor del campamento con una vida que parecía ajena a la guerra que desangraba Europa. Allí, en Príncipe, el mundo seguía girando con una indiferencia casi ofensiva.
Arthur Eddington, aunque nunca había temblado bajo la influencia del Espíritu Santo, era un cuáquero practicante, y como tal, un pacifista convencido. Eso, sin embargo, no caía nada bien en Inglaterra a comienzos de 1916, cuando la Primera Guerra Mundial se encontraba empantanada en las trincheras y el país necesitaba hombres, cuerpos, rifles.
 
Tres veces la policía militar fue a buscarlo a su casa. Las tres veces se negó a acompañarlos a la guarnición de Woolwich.
 
A sus treinta y tres años, Eddington era director de un observatorio y una figura respetada en la comunidad científica. Las primeras veces, se sirvió de su cargo y de su reputación para alejar a los agentes que venían a reclutarlo. Pero la tercera vez fue distinta. En 1918, cuando Inglaterra preparaba la ofensiva final y cada hombre contaba, ya no sirvieron las excusas. Fue llevado al cuartel por la fuerza.
Allí, Eddington alegó objeción de conciencia. Se negó a empuñar un arma, a vestir uniforme, a participar en la maquinaria de muerte. El tribunal no lo consideró una causa válida. Fue recluido en prisión, a la espera de juicio por insumisión.
El Astrónomo Real, Frank Dyson, se enteró de la situación y no tardó en intervenir. Compareció ante la corte marcial con el aplomo de quien sabe que habla en nombre de algo más grande que una persona.
 
—Eddington es el único que entiende a Einstein —dijo—. Lo necesitamos en la Academia.
El coronel Pancrish, viejo juez militar, con alto sentido de la legalidad pero más cansado que cruel, frunció el ceño.
—¿Einstein? —gruñó—. ¿Quién es ese hombre? ¿Un militar alemán?
—No —respondió Dyson, con una paciencia apenas disimulada—. Es el físico más importante del mundo.
—¿Y de qué nos sirve que su hombre entienda a ese tal Einstein? —replicó el juez—. Estamos en tiempos en que el entendimiento ha sido superado por las balas. Mi misión es poner más rifles en las trincheras, castigando a quien se niegue.
Dyson respiró hondo.
—Yo entiendo su misión, coronel. Pero la mía, como astrónomo de Su Majestad, es poner conocimiento al servicio de nuestra nación. Y le aseguro que este hombre, escribiendo ecuaciones, es más útil que disparando balas.
Sobre la mesa, Dyson dejó sus credenciales reales. El silencio se volvió espeso.
—No puedo liberarlo sin más —dijo al fin el juez—, esperando que una ecuación nos haga ganar la guerra. Sería injusto para todos los hombres que se han negado a reclutarse y hoy pagan por esa traición.
—Lo entiendo —concilió Dyson—. Por eso no volverá a casa. El señor Eddington dirigirá una expedición a África. Durante un eclipse solar realizará una medición que puede confirmar la teoría de Einstein… o arrojarla por la borda para siempre. Es una de las expediciones científicas más importantes de nuestra historia.
El coronel lo miró largo rato.
—Tenemos un acuerdo —dijo finalmente—. Pero si esa expedición falla, el señor Eddington volverá a la cárcel militar.
 
Así se sellaron la libertad y el destino de Arthur Eddington.
 
Ahora, bajo el cielo nublado del trópico, esperando que las nubes se abrieran durante unos pocos minutos decisivos, Eddington sabía que no solo estaba en juego una teoría científica. También estaba en juego su futuro. Y sus rezos solo eran interrumpidos por su mantra. Aunque Eddington estaba al borde del colapso, con su libertad pendiendo literalmente de una fotografía, aún se daba el tiempo de tirarse al mar cada mañana. Conocía bien los peligros de la guerra, pero no los de la selva ni los del océano.
 
Su osadía marina llegó a tal punto que el dueño de la plantación Roça Sundy, donde se había instalado la expedición, decidió asignarle un guardián. Puso a Ricardo, un trabajador de la plantación, a vigilarlo día y noche: para impedir que Eddington se internara en la selva o fuera devorado por los tiburones durante sus jornadas matutinas de natación.
 
Ricardo cumplió con su cometido: Eddington sobrevivió. Pero no pudo hacer lo mismo con los equipos científicos. Los monos que merodeaban el campamento parecían tener un interés particular por la expedición. Se robaban todo: comida, herramientas, piezas sueltas… incluso los lentes de las cámaras. Así, llegado el día del eclipse, Arthur Eddington contaba con solo dos cámaras funcionales de las cuatro que había traído desde Inglaterra.
 
Dos oportunidades.Nada más.
 
Si Einstein estaba en lo correcto respecto a la curvatura del espacio‑tiempo en su Teoría de la Relatividad General, entonces, durante el eclipse, al reaparecer la luz del Sol, esa luz debía curvarse al pasar cerca del campo gravitatorio. Las fotografías tendrían que mostrar esa desviación mínima, casi imperceptible, pero decisiva. Eddington tenía solo un par de disparos, y sus armas estaban cargadas. Era el asalto final de esta guerra alternativa de la que había huido: una guerra sin balas, sin trincheras, pero no menos cruel.
Llegado el momento, ocurrió lo impensado. Una tormenta cubrió el cielo de nubes espesas. El evento que habían preparado durante años parecía desvanecerse ante sus ojos. Todo indicaba que el eclipse pasaría sin dejar rastro, que el sacrificio había sido inútil.
 
Eddington murmuró oraciones hacia adentro. No eran rezos aprendidos, sino palabras desesperadas, casi vergonzantes, dichas más al universo que a Dios.
Y entonces, cuando la luz estaba a punto de reaparecer por uno de los bordes de la Luna, una ráfaga de viento —divina o casual— corrió la nube que cubría el eclipse.
 
—¡Ahora! —gritó Eddington.
 
Las dos cámaras dispararon sin descanso.
 
El 29 de mayo de 1919, Arthur Eddington obtuvo dos imágenes.
Dos fotografías que mostraban, con claridad suficiente, la curvatura de la luz.Dos pruebas de que la gravedad es capaz de doblar incluso aquello que parecía intocable. Dos imágenes que confirmaban que Einstein estaba en lo correcto: espacio, tiempo y velocidad no eran entidades separadas, sino un mismo entramado. Dos fotografías que lo hicieron famoso en el mundo entero.
Y, quizás lo más importante, dos fotografías que lo salvaron de la cárcel.
 
Pensaba en la historia de Eddington mientras me aproximaba al Regimiento Logístico N.º1 “Tocopilla”, en la ciudad de Antofagasta. Miraba el mar. El mismo mar —aunque en otro océano— en el que Eddington alguna vez nadó nervioso antes de su momento de gloria.
 
Eran las siete de la mañana de un día de enero. Temblaba.
 
No había esperado a que viniera a buscarme la policía militar; todos me habían dicho que esa era la peor idea posible. Me presentaba voluntariamente al ejército para mi conscripción. Dos años de servicio militar.
 
Mi objeción de conciencia no era filosófica ni heroica: eran veinticinco kilos de más y un pavor absoluto a la vida militar. No era director de ningún observatorio, ni tenía a ningún científico ilustre que intercediera por mí.
Mi suerte estaba echada, a menos que encontrara una expedición, una tarea, cualquier cosa que me sacara de aquel lugar.