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Cintas vacías (Parte 3/3)

Escrito por Philippe Deregnac | 12 enero 2026
The system only dreams in total darkness
Why are you hiding from me?
We're in a different kind of thing now
All night you're talking to God
 (The National,
The System Only Dreams in Total Darkness)
 
 
           Mientras Ricardo se encontraba en plena fantasía ilusoria de creer que uno se folla a la vida cuando la vida se lo folla a uno, la pareja paró de moverse. En uno de los espolonazos de ella, el tipo la agarró con ambas manos, una en cada nalga y se la pegó a sí mismo por unos segundos. Supo que él se estaba corriendo. Ella lo sintió y soltó manos y pies de los conteiners para aferrarse a él y fundirse en un abrazo triste. Como todos los abrazos de orgasmos. Un funeral sin difunto. Luego la pareja se volvió a vestir se besó un par de veces y volvió al parque, donde se perdieron caminando entre los árboles. Ricardo encendió un cigarrillo para hacer la espera sin ser descubierto siguiéndolos, lo fumó a medias y también volvió al Parque.
 
Se dio cuenta que tan solo mirar el coito lo había cansado. Una mezcla entre la penosa tarea del voyeur y la resaca de la noche anterior. Frente a la laguna, unos patos se movían pausadamente, como si no tuviesen miedo al invierno y lo esperaran con la suerte del desdichado, quien sabe que nada puede hacer para evitar la condena. Encontró que era un excelente paisaje para descansar. Buscó una banca y se sentó. Una anciana y un niño pequeño tiraban migajas a las aves. Pensó que el niño hacía preguntas inteligentes y la anciana daba respuestas estúpidas.
 
Se sintió fuerte nuevamente. La estupidez ajena le insuflaba una energía áspera, un pequeño orgullo que le afilaba los bordes del ánimo. Escaló un árbol cuyas hojas secas aún permanecían aferradas a sus extremidades. Cuando terminó de escalar, se sentó en una de sus ramas. Vio a esos amigos dejados atrás en su vida, desnudos, sentados en otras ramas del mismo árbol. Ricardo se observó sorprendido: él también estaba desnudo. Lo primero que hizo fue mirar el cuerpo de Svetlana, quien sonreía, consciente de su propia sensualidad. Luego siguió con los otros: Timo, callado, sin sonreír, gesticulaba con los labios como fingiendo para no sentirse excluido; Lucas, siempre risueño, se balanceaba como buscando romper de alguna manera la rama que lo sostenía —para él todo siempre fue un juego—; finalmente, Janine se tapaba el cuerpo, tímida, riendo sin saber si era de felicidad o de vergüenza. Cuánto la había extrañado, para finalmente encontrarla en la rama de un árbol en el Ostpark.
 
De súbito, mientras todos se miraban y sonreían, emergió un viento que partió como un silbido ligero y cuya agresividad aumentó de forma exponencial. Las ramas los balancearon a todos y se llevaron en picada las hojas que aún resistían la llegada del invierno. La primera en caer con las hojas fue Svetlana: planeó de forma suave y pausada, como si fuera una hoja más que se desprende para aceptar que el invierno se la lleve y que la tierra húmeda la vuelva parte de sí. Se estiró como si fuese una mañana de domingo sobre su colchón. Todos rieron a carcajadas.
 
Luego se soltó Lucas. Lanzó un aullido de miedo al principio, pero pronto se divirtió tanto o más que Svetlana al flotar por el aire. Ahora Timo sí reía de verdad, contagiado por el resto. Al aterrizar sobre el pasto, Lucas se revolcó de felicidad. Después fue el turno de Ricardo, junto a Janine. Mientras flotaban, alcanzaron a tomarse de las manos; parecía que nunca aterrizarían, pero la gravedad no falla, y lo hicieron para unirse a Lucas y Svetlana. Sentía un placer indescriptible tirado al lado de Janine, con las hojas secas resquebrajadas como improvisado colchón. Los cuatro miraron a Timo y lo animaron a soltarse, pero Timo se aferró al árbol como un niño que ha visto un fantasma.
 
Ricardo despertó con sus propias carcajadas. Un poco confundido, miró alrededor. La vieja y el niño ya no estaban. La mayoría de los patos tampoco: solo quedaban tres o cuatro flotando en la laguna. Comenzaba a caer la noche sobre Frankfurt. Un grupúsculo de luces de los aviones esperando pista en el aeropuerto se distinguía al fondo del cielo. Enrolló un cigarrillo, lo prendió y se echó a caminar nuevamente. No quería que lo pillara la noche en la calle.
Vaya sueño acababa de tener. Como siempre, la maldita fortuna lo había traicionado. Cuando tenía los mejores sueños, su artefacto grabador nunca estaba ahí.
 
—¡Mierda, mierda, mierda! —exclamó Ricardo al vacío.
 
Este era un sueño de los que se podían vender bastante caros. Tal vez Charlotte Von Willebrand —aquella profesora, artista posmoderna que trabajaba en el Städel— hubiese pagado varios cientos de euros a Adrián por él. Los artistas famosos solían buscar sueños para no quedarse sin ideas, y mientras más psicodélicos fueran, mejor se pagaban. Charlotte era videoartista y se había vuelto una famosa VJ de fiestas electrónicas, pero estaba siendo fuertemente criticada en la escena por lo repetitivo de su obra.
 
Un par de meses atrás, Ricardo había leído una entrevista en una revista cultural donde ella juraba que su capacidad de soñar se mantenía intacta y que la variedad de su obra era prueba de ello. Negó furiosamente incluso la insinuación del entrevistador sobre la compra ilegal de sueños. Ricardo se había reído, sentado en la taza del WC donde se encontró la revista, porque ella era cliente de Adrián hacía ya un par de años. Incluso una pieza suya, expuesta en la colección permanente del Museum für Moderne Kunst de Frankfurt, estaba evidentemente construida sobre un sueño de Ricardo.
 
Sintió sed, una sed espesa que le pegaba la lengua al paladar. Se detuvo en un Kiosk dentro del parque y compró una botella de agua con gas. Se la tomó casi de un sorbo y continuó su marcha. Eran ya casi las cinco de la tarde y la noche caía presurosa sobre una ciudad en letanía. Aunque iba a menudo a correr al parque a esa hora, por primera vez —cuando se encendieron las farolas— se fijó en que muchas no funcionaban.
 
En una de esas pozas de sombra generadas por las farolas estropeadas, observó cómo un par de yonquis se quitaban las zapatillas para inyectarse entre los dedos de los pies. Apuró el paso, pero la imagen se le quedó en la cabeza por unos minutos. En ese apurar su paso e intentar llevar su mente a otro lugar, Ricardo se dio cuenta de que los científicos habían estado equivocados todo este tiempo. No era el estrés, ni la invasión visual, ni la sobrecarga de información proporcionada por la inteligencia artificial lo que había hecho colapsar los sueños de las personas: era algo muchísimo más simple. Era la banalización de la privacidad.
 
Esa esfera íntima en la que habitaba el ser único y efímero consigo mismo se había esfumado en un largo proceso de decadencia; había sido absorbida por los clichés de las redes sociales y por robots de chat que servían de terapeutas. Lo que antes pertenecía a la privacidad individual se había esfumado para siempre en la esclavitud de los bits y los bytes. ¿Cómo íbamos a soñar si algo tan privado había sido ultrajado durante tantos años y convertido en la probabilística de un código binario? No había forma de recuperar un instante de soledad y contemplación de la propia individualidad. Curiosa paradoja: en la defensa de la propiedad privada, el capitalismo posmoderno había acabado con la propiedad más privada del sujeto.
 
No se despojó de esta reflexión durante el resto del camino a casa. Pensó incluso en llamar a algún psicólogo reputado para ponerlo a reflexionar al respecto. Por supuesto, la idea se evaporó al llegar. Se dio cuenta de que seguía muy cansado. Recordó a la pareja del parque y una oleada de impulso físico lo recorrió, pensó en masturbarse pero su disciplina hacia el trabajo fue más fuerte y se contuvo. Colgó las llaves en la pared, se quitó las zapatillas y llevó la máquina grabadora al living. Se colocó la malla de cables sobre la cabeza, la encendió y se tiró a dormir una siesta esperando poder registrar algo.
 
Durante esa siesta, Ricardo no registraría nada. Por la noche tampoco. Sin embargo, un par de días después volvería a soñar aquello del parque. El sueño se volvería repetitivo durante un par de meses. Después de ello, dejaría de soñar para siempre. Abandonaría Alemania con el último resto del dinero que le dejó aquel sueño repetitivo del parque. Volvería a Chile de forma permanente.
 
La mujer que follaba en el parque tendría un hijo 35 semanas más tarde. Sería una chica que nunca conocería a su padre.