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Cintas vacías (Parte 2/3)

Escrito por Philippe Deregnac | 06 enero 2026
 
Sueños de noches árticas
que envenenan y que sanan.
Cierra los ojos. Escucha en la oscuridad
cómo resuenan las cajas de música.
Inténtalas parar.
Nacho Vegas, Noches Articas.
 
El sol era realmente un bien escaso en Frankfurt durante noviembre. Para aprovecharlo, Ricardo pensó en tomar el camino largo: circundar el zoológico y luego atravesar el Ostpark hasta llegar al Eissporthalle; una vez ahí, solo un par de cuadras bastarían para llegar a casa. Desde Am Tiergarten se alzaban los muros con alambradas que le recordaban aquel infame de Berlín. Le apenaba un poco que se hubiese convertido en símbolo de la infamia, cuando en la DDR muchas veces la vida había sido bastante más agradable que en la BRD. Pensó en que la historia sea escrita por los vencedores es siempre el peor castigo para los vencidos. Y eso le afligía. Sabía que él, tarde o temprano, se devendría en un vencido, y que, por lo tanto, su historia estaría condenada a escribirse entre frases de fracaso y adjetivos no muy afortunados.
 
Del otro lado del muro se alzaban unos árboles curiosamente aún con restos de hojas, parches que se dejaban ver como manchas esporádicas, aunque era claro que no durarían por mucho tiempo ahí. Tal cual el pelo de un cincuentón en decadencia. Los huecos de ramas desnudas daban paso a unas rejas que probablemente habían intentado ocultar poniendo aquellos frondosos árboles, truco que en invierno claramente no era exitoso. Ricardo se dio cuenta de que una de las cosas que hacía a los animales que ahí dentro habitaban bastante más inteligentes que los seres humanos era su capacidad para reconocer un ambiente hostil disfrazado de paraíso. Los animales en los zoológicos saben que están encarcelados. Por muchos árboles que les pongan encima, por más que les den tres comidas al día, aunque un termostato balanceado imite una jungla o los colores de la tierra sean parecidos a aquellos en que crecieron sus progenitores, ellos son dueños de la verdad. Desde que nacen hasta que mueren saben que viven en una cárcel.
 
Algún tipo de felino rugió en ese instante como intentando despertar la ciudad de su latencia invernal, pero se sofocó intempestivo tal cual surgió.
 
Cruzó la calle como un acto reflejo y comenzó a alejarse del zoológico en busca del Ostpark. Recordó que andaba cargando sus audífonos en el bolsillo de la chaqueta. Se los puso y sonaba Belle & Sebastian en su teléfono: “I fought in a war and I left my friends behind me, to go looking for the enemy…”. Sintió la canción como si hablara de su vida. Se compungió por la cruda realidad: había dejado atrás a sus amigos porque no caminaban a su ritmo. Sintió pena, mas no arrepentimiento por haberlos abandonado. Dejó atrás también sus sueños de juventud, enterrados bajo metros y metros de frustración. Primero quiso ser rockero, como casi todos. Luego se dio cuenta de que no habría de llegar a ningún lado. Recicló las canciones en poemas dolorosos y se dedicó a escribir. Poemas, cuentos. Hasta una novela comenzó alguna vez. Algunos cuentos fueron a parar a algunos concursos. Sin éxito. La mayoría terminó en la basura. Pero, irónicamente, quien quisiera ser el gran magnate de los sueños expresados en la tinta hoy intentaba sacarles un poco de dinero en grabaciones para su subsistencia, y esto sin duda hacía más humillante su derrota. Quien no fue capaz de cuajar sus sueños en proezas hoy los vendía a ricos, quienes, por tenerlo todo, ya habían olvidado la importancia de poseerlos.
 
En Röderbergweg un grupo más bien grande de personas esperaba que un outlet abriera sus puertas para saquearlo todo. Podía leer desde el otro lado de la calle los avisos en las vitrinas que llamaban a la gente a venir de forma masiva este domingo a las dos y media de la tarde para la venta final de bodega. Era una tienda de ropa deportiva. Se sentó en una banca a mirar el espectáculo mientras liaba un cigarrillo, recordando sus primeros años en Europa. Se reprochó que el pasado no debiese ser un dolor permanente, sino más bien una fatiga pasajera que aparece cuando intentamos hacerlo desaparecer. Debería ser tan solo la falta de aire que le recuerda al cuarentón cuando se pone a correr, que el tiempo ha pasado por su cuerpo y no puede echarlo atrás con un trotecito dominguero.
 
Faltaban tres minutos para la hora señalada en los avisos y Ricardo decidió quedarse a mirar el espectáculo mientras se fumaba el cigarrillo. Para que aquello fuera un poco más patético, cambió la música por algo un poco más punkie. Se decidió por “Kill the Poor”, de Dead Kennedys. Un minuto antes de que fueran las dos y media, un guardia de unos dos metros y chaqueta negra abrió las puertas. La gente, algunos con niños, corrió como si del fin del mundo se tratase y los mismos marcianos los fueran persiguiendo para aniquilarlos. Le habían dicho, cuando dejó Chile, que se iba a la tierra de la gente culturalmente avanzada. Que Europa era un oasis entre la barbarie que azotaba Oriente Medio, África y América. Pero ni siquiera un tranquilo rincón del Frankfurt Ost se salvaba de aquello que carcomía la sociedad, como el hormigueo que se esparce lentamente por los miembros inferiores cuando nos quedamos sentados en la misma posición un buen rato. Sin movernos, sin moverse la sociedad hacia ningún lugar.
 
Se paró, apagó la colilla de su cigarrillo contra el talón de sus zapatillas y la arrojó en un basurero. Entró a paso calmado al Ostpark mientras buscaba cambiar la música. Puso algo de Cocorosie para relajarse un poco. Estaba muy cansado. La resaca del día anterior no lo dejaba en paz a esa altura de la caminata. Cuando se aprestaba a bordear la laguna, al otro lado del parque, en una especie de talleres y zona de carga y descarga de contenedores de la Deutsche Bahn que limitaba con el parque, observó una pareja que follaba entremedio de dos contenedores en una extraña posición. El espacio era de medio metro entre ambos cubos metálicos. Ella tenía las piernas abiertas, posadas cada una en uno de los contenedores; se agarraba con fuerza de dos cadenas que sobresalían de las puertas de ambos. Llevaba un cárdigan largo de color gris, que no permitía verle nada desde la posición en que Ricardo se encontraba. Impulsado por la curiosidad, buscó un pequeño montículo para tener una mejor vista de la situación. Pudo observar entonces cómo la chica utilizaba las cadenas para balancearse sobre un tipo que solo llevaba los pantalones abajo y el resto de su ropa aún bien puesta. Ella llevaba el poder y control total sobre la situación: cuando quería lo hacía más rápido; cuando no, se frenaba en su balanceo. El tipo parecía estar detenido, como un palitroque esperando el choque.
 
Con una mezcla en su cabeza que se batía entre la curiosidad y la calentura, Ricardo se agachó para atravesar la alambrada que separaba al parque del aparcadero de la Deutsche Bahn y se metió agazapado a través de la reja rota. Intentó no hacer ruido y se imaginó como en una película de espías. Pudo sentir cómo esto le aceleraba un poco el corazón y, al mismo tiempo, le excitaba. Debió acomodarse su miembro entre los pantalones un par de veces mientras caminaba entre una pila de escombros. Se decidió a bordear uno de los contenedores que los amantes improvisaban como lecho amatorio. Pensó que, si se asomaba por una esquina de éste, se encontraría demasiado cerca y podían descubrirlo. Entonces continuó caminando con sigilo por otra línea de contenedores que formaban una especie de callejuela, como las del barrio gótico en Barcelona. Los contenedores apilados en dos pisos formaban una especie de pequeño gueto vagamente iluminado, por donde el sol no penetraba más abajo del segundo piso. Cuando Ricardo estuvo a un contenedor de distancia, se asomó con cuidado, agachado, protegiéndose de no ser descubierto. Pero rápidamente se dio cuenta de que la pareja no estaba en plan de buscar voyeurs, ni preocupada por algún posible vigilante. Ellos seguían en su vaivén constante y Ricardo, poco a poco, como los amantes, fue perdiendo el pudor hasta que se encontró apoyando su hombro en una de las improvisadas murallas metálicas, relajado, observando el espectáculo. La chica, sin duda, ponía todo el talento. El tipo la agarraba por la espalda, se estiraba en puntas de pies y movía su cara rumbo a las tetas de ella en cada nuevo espolonazo que la chica lanzaba. Totalmente predecible. En cambio, ella sorprendía con constantes cambios de ritmo. En un momento, a causa de la falta de talento del tipo para coordinarse con los movimientos de ella, a Ricardo casi se le escapó una carcajada. Pensó que, en su vida, el destino era la chica que lo desafiaba constantemente con los cambios de ritmo y lo sorprendía siempre a destiempo. Él seguía sobreviviendo haciendo cada vez el mismo movimiento, coordinado las menos, ridículo las más, como el tipo de aquella escena.