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Cintas vacías (Parte 1/3)

'…La honestidad es difícil.
Cuando uno descubre que no es un genio,
no se resigna a ser lo que viene después'
Cesar Aira

Se despertó con una terrible resaca.

Eran las once de la mañana del sábado. Se sacó la malla de cables de la cabeza y la tiró a un lado de la cama. Se acurrucó y se arropó hasta la nariz. Sintió un poco de frío, pero lo que de verdad sentía era el cuerpo machucado. Como un travesti luego de una golpiza de un cliente desencantado por su condición. Le tomó unos minutos y un par de pestañeos volver sobre sí mismo. Revisó la máquina de grabación y nuevamente la encontró vacía. Sabía perfectamente que era muy difícil (si no imposible) que hubiese logrado registrar algún sueño cuando se había ido borracho a la cama. Un sismo recorrió su cuerpo. Sin sueños no hay dinero; sin dinero, no hay más alcohol. Sin alcohol es difícil volver a dormir tranquilo. Sin dormir tranquilo no hay sueños.

Mierda. ¿Podría estar todo perdido?

Sintió una sed espesa, una sed de esas que no se quitan con agua. A las doce debía encontrarse con Adrián. No tenía nada para entregarle. Una pastilla de xilofinol podría ayudarle a tener algún tipo de sueño en unos diez minutos, pero sabía que Adrián lo rechazaría. Llevaba mucho tiempo en el negocio de la compra‑venta de sueños como para ser engañado por una alucinación. Pensó que lo mejor sería intentar con la honradez: coger las cintas vacías y mostrarle a Adrián que las cosas no iban bien por su lado.

Se levantó rápidamente. El dolor fuerte y pasajero es siempre mejor que el lento y duradero. Al final, la experiencia del dolor siempre deviene tan solo en un mismo mal recuerdo.

Agarró una lata de refresco y un pedazo de pizza del día anterior. Encendió su ordenador y comenzó a hurgar con el mouse por distintas páginas de Internet. El correo electrónico estaba sin nuevos mensajes. El periódico no anunciaba ninguna noticia digna de leer. Nada interesante en las redes sociales, ninguna viñeta que lo hiciera sonreír en la página de sátiras. Terminó su desayuno y se vistió.

Ricardo era chileno; llevaba ya unos veinte meses trabajando en el negocio de los sueños, pero las cosas no se le estaban dando bien últimamente. Desde que, hace algunos años, las personas habían dejado lentamente de soñar —y para los pocos que aún lograban hacerlo— la venta de sueños se había vuelto un negocio que permitía vivir relativamente bien si uno tenía buenos contactos. Y Adrián, el argentino, era uno de ellos. Pero ¿cuándo se le acabaría a Adrián la paciencia con él? Eran buenos amigos, pero el argentino le había dejado claro que no dejaría que la amistad interfiriera con sus negocios. Adrián le exigía al menos la constancia de un registro cada semana o dejaría de trabajar junto a él. Se juntaban cada domingo a las 13:00 en el pequeño café turco a la salida de la estación del U‑Bahn Ostendstraße, y Ricardo llevaba todo lo que había registrado durante la semana. Adrián le entregaba el dinero de lo recaudado la semana anterior.

El problema era que esta semana no había logrado grabar ni una miserable historia infantil.

El mercado de los sueños tenía un código bien establecido. Había una jerarquía implícita dependiendo de la calidad de estos. Los sueños gore siempre pagaban bien. Los de amor o de historias familiares solían ser los más baratos; con suerte podías sacarle unos cincuenta o cien euros en el mercado asiático. Los sueños psicodélicos eran una pequeña mina de oro a la cual se le podían sacar hasta unos quinientos euros. Pero los que de verdad salvaban el mes eran los eróticos. Los alemanes pagaban de mil euros hacia arriba por ellos, especialmente cuando incluían algún tipo de perversión.

Si bien no existían reglas científicas para obtener uno u otro tipo de sueño (aunque las farmacéuticas no dejaban de invertir millones en formas de descubrirlo), sí existían ciertas maneras de inclinar las probabilidades a favor de uno u otro. Ricardo sabía que, si llamaba por teléfono a algún miembro de su familia en Chile, era probable que durante la noche tuviese algún sueño de infancia. Por otro lado, si se tomaba un par de vodkas, la probabilidad de algún tipo de fantasía psicodélica aumentaba. Pero este era un juego riesgoso: si del par de vodkas se pasaba a la botella, no había posibilidad alguna de registrar nada. Y en Ricardo el límite entre un par de copas y la botella era difuso, por no decir imaginario. Finalmente, estaba la posibilidad de jugársela por sueños de corte sexual. La abstinencia —era sabido por casi todos en el negocio— era un buen inductor. Pero la abstinencia significaba nada de sexo y nada de masturbación junto a toneladas de pornografía. Y eso para Ricardo era más difícil que detenerse en el segundo vaso de vodka.

Salió de casa sin prisa. Eran las 12:30 y solo necesitaba quince minutos para llegar a destino. Mientras caminaba por la Wittelsbacherallee pensó que el invierno demoraba cada año más en llegar. Era mediados de noviembre y las hojas secas seguían acumulándose sobre el pavimento. Una leve llovizna refrescaba su cara. Podía sentir en sus piernas el crujir de las hojas tristes. Podía sentir en su rostro el lamento del agua que venía del cielo. En su teléfono sonaba Chet Baker, lo que inundaba aún más la atmósfera lúgubre de melancolía. Ricardo sabía que la tristeza era buena para el negocio: inducía sueños de gran calidad. Intentó llorar pensando en Janine al llegar a una esquina, pero no le fue posible. Sintió ganas de encontrarla en la calle. Se fue todo el trayecto mirando a las chicas que se cruzaban en las esquinas, como si pudiese reconocer algo de Janine en cada una de ellas. Buscando una nariz, un par de ojos, unas piernas que le devolvieran la sensación de ella a su lado.

Entró puntual a las 12:58 al turco. Adrián ya lo esperaba tomándose un té. Adrián se paró rápidamente y lo saludó con un abrazo.

—¿Qué contás, che? —le dijo de entrada mientras se sentaba.

—No mucho, la verdad. Cansado de todo, casado con todo —Ricardo aún se sentía un poco tocado por el recuerdo de Janine.

—¿Has visto qué extraño que está el clima? —dijo sin reflexionar Adrián, buscando relajar un poco a su amigo.

—¡Para nada! Es un otoño largo, pero un otoño como cualquier otro. Con lluvia, con oscuridad, con chicas demasiado abrigadas —le replicó Ricardo.

—Bueno, bueno, es verdad. ¿Qué has hecho?

—Desafortunadamente, cualquier cosa menos grabar un sueño —se despejó Ricardo con sinceridad del tormento.

—¡Che, no podés decirme eso! Vos sabés cuáles son las reglas. Los equipos de grabación no son baratos y, si no me vas a producir, es mejor que renuncies ahora. Así yo puedo reasignar ese equipo a otra persona que sea un poco más constante —utilizó un tono bajo, casi triste, para no parecer que lo presionaba, sino más bien inspirar compasión y hacerle entender que lo estaba poniendo en una situación difícil.

—Lo sé, Adrián. Lo sé. Nosotros hicimos un trato y no lo he cumplido. Tengo aquí las cintas, todas vacías. Si quieres quitarme el equipo, lo entenderé y no dejaré que eso afecte nuestra amistad —dijo Ricardo, bajando la mirada con un dejo de vergüenza.

—Bueno, ¡que no se hable más! Démosle otra semana a ver si te recuperás. Todos hemos pasado por una mala racha, che. Tomá este sobre. Aquí está lo que conseguí por ese sueño todo amariconado de la semana pasada. Mi veiticinco por ciento ya ha sido descontado —interrumpió Adrián en el clímax del automutilamiento de Ricardo. Se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, sacó un sobre y se lo entregó.

Luego conversaron durante unos cuarenta minutos sobre cosas superficiales: mujeres, películas y un poco sobre las noticias. Se terminaron ambos su té, pagaron y salieron. La garuga había parado y se vislumbraban unos tímidos rayos de sol. Adrián partió en dirección a la estación de metro. Ricardo se decidió por caminar de vuelta a casa. Se abrazaron y partieron cada uno por su lado.